La confesión (parte 1)
YENDO A CASA
Era una noche apacible y fresca. Nubes grises cubrían el estrellado cielo como las amarillentas hojas cubren la tierra de un jardín otoñal cuyos árboles acaban de despojarse de sus vestimentas. Suavemente, el viento soplaba sobre las ramas desnudas de los árboles cuyos troncos habían sido desgastados con el andar de los siglos de los que habían sido testigos permaneciendo siempre estáticos observando y analizando los cambios que acaecían en el baile de las épocas.
Ernesto caminaba deambulante por las desoladas calles. Pasos fuertes y decididos sobre el pavimento húmedo. Sus dedos se entrecruzaban dentro de los bolsillos de su pantalón de marca que tanto le gus
taba usar y que ahora sólo mostraba penosamente las señas del desgaste. Un cinturón de tela, un par de tenis sucios y una playera de algodón color oscuro que se confundía al fusionarse con los colores de las sombras nocturnas.Sus brazos reflejaban cierta tensión, misma que tenía su génesis en su mente. Sus labios mascullaban un discurso que él ya había estado ensayando desde hacía ya varias semanas.
¡ALTO! Leyó en un señalamiento de tránsito. Sabiendo que esta indicación no estaba dirigida a los transeúntes, analizó la orden detenida y concienzudamente. Obedeció como si estuviera dirigida a él. Se detuvo y fijó su mirada en una pequeña cerca de madera que difícilmente sobrepasaría el metro de altura. Se reclinó poniendo su peso sobre la cerca y se sentó reposando su hombro y su cabeza en ella.No quería llegar a su casa. Su mente daba miles de vueltas. Poco le importó que el pavimento aún conservara los rastros de una lluvia reciente, ni siquiera pensó en que sus pantalones de marca quedarían impregnados con ese líquido caído del cielo que ahora estaba combinado en perfecta simbiosis con aquel fluido que emanó de los cuerpos de los borrachos quienes lo vertían en las esquinas confundiéndolas con orinales públicos.
Su mirada perdida. Sus ojos dejaban ver el vestigio de una tragedia acontecida en su corazón. Su mente daba miles de vueltas. Los minutos trascurrían uno a uno y Ernesto permanecía inmóvil con la mirada fija en la nada. Sus cabellos vencidos por la gravedad le daban una apariencia sombría y triste.Cosquilleo en la oreja. Escalofrío. Rápidamente reaccionó sacudiéndose. Se dio cuenta de que era una simple cochinilla que sólo lo había usado como su autopista cerca de madera – pavimento. Cayó al suelo e inmediatamente se enroscó siguiendo su instinto de defensa y protección de los depredadores. Sabiéndose a salvo, comenzó a desenroscarse y retomó el camino hacia donde sólo ella sabía. Él la miraba atento. Envidiaba la libertad de la cochinilla y su efectivo sistema de defensa ante las inmundicias de la realidad.
Pretendía seguirla con la mirada y descubrir cuál era el destino de la cochinilla, pero el repicar de su celular perturbó su concentración:
- ¿Bueno?... sí, ya voy para allá. No te preocupes, má. Adiós…. Sí, estoy consciente de la hora que es. Ya voy para allá. Adiós mamá.
Su mente daba miles de vueltas.
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